A diferencia del carácter eminentemente expansivo, condimentado y plural de la izquierda, la derecha es más fácilmente reconocible por sus valores estancos así como por su talante y sus formas; ha cambiado vagamente entre los siglos y siempre será parecida, por no claudicar en su relativa univocidad –hablaríamos entonces sin excesiva propiedad–. Ha sido un acaparamiento pues del sustantivo izquierda lo que ha llevado a denominar de tal manera las fórmulas en clave de ecuación exactísima más radicales y extremistas. Y subrayo esta idea, ya que durante demasiado tiempo hemos querido pensar, reeditar y repetirnos indeciblemente soluciones matemáticas, esbozadas en banderas de pasión o referenciadas de doctrinas seudocientíficas con propósitos absolutos. Y dado que la persona es un ser eminentemente errático es de una torpe vanidad pretender hilvanar una sociedad con propósitos de perfección, amén de que toda sociedad que generemos será inconclusa y terminará por germinar nuevos problemas y vicisitudes, nuevos conflictos, también consecuentemente, nuevos modelos de pensamiento. Baste con aproximarnos a la utopía asumiendo que jamás llegaremos a algo tan indefinible e inconstante.
Pero, ¿por qué reconocer en la izquierda únicamente valores reduccionistas afines con los extremos del espectro ideológico, llámense cómo se quiera? ¿Por qué confundir el radicalismo con la izquierda?, ¿es que acaso continuamos hilvanando la condición de progresismo en los albores de este nuevo milenio con un pensamiento sesgado en clave marxista? Son estas soluciones unívocas las que la izquierda critica de la derecha, es el pensamiento único que también a una buena parte de la izquierda invade de manera exclusivista y atascada, como vemos.
Estoy dando por supuesto, claro está, que hablamos de niveles puramente teóricos. No entremos a valorar los aspectos falibles de las políticas que se ponen en práctica, porque estaríamos entonces al albur de la inevitable incorrección práctica, de los elementos de espacio y tiempo, etc... que nos llevarían al juego de la inaleccionable demagogia partidista, tan elástica como interesada.
La esencia cultural de la izquierda ha de pasar a gravitar en torno al respeto a los valores justos universales tradicionales (la libertad, la igualdad y la fraternidad o lo que hoy tendría como equivalente a la solidaridad) que tal vez tuvieran más que ver con el modelo de convivencia democrático que con el hiladero particular de las ideas; los valores que nacen en esta nueva segunda modernidad (o revisión de la primera, cuestión de gustos) como el pluralismo político y social, la diversidad cultural, el ecologismo, la igualdad de género, la democracia global...; la garantía de la justicia como nuestro máximo e irreductible tesoro patrimonial puesto que de él procedemos y hacia él nos dirigimos; el desarrollo del sistema de derechos políticos en el ámbito de la democracia indirecta como es el caso de la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos, esto es, la extensión de la democracia representativa, hacerla más atractiva, más utilitaria, más nuestra y sobre todo, más digna, revisando el sistema de partidos, junto al avance del Estado del bienestar, fortaleciendo su legitimidad social; el progreso del concepto de Estado y de Administración en aras de una utilización racional, eficiente y moderna de los recursos públicos; la promoción de la iniciativa privada para imaginar proyectos ilusionantes que nos eduquen como ciudadanos expeditivos; la protección de los más desfavorecidos, esto en todo caso debiera ser inmutable en la izquierda...
Al lado de estos valores que han de rociar las ideas del progresismo del hoy y no del mañana, se sitúan posibles actitudes presentes y futuras de la izquierda. El pendón fundamental quizá sea la conjugación de ciertos elementos del liberalismo político, revitalizar los valores que nos son propios como anteriormente he tratado de expresar, para así conquistar una izquierda ilustrada; no obstante, es imprescindible superar las claves rancias y desfasadas de este liberalismo desde la base del tradicional republicanismo ciudadanista, como sistema de no-dominación; dignificar la práctica política, esto supone profundizar sobre contenidos éticos y prácticos; establecer un debate serio sobre el papel del Estado frente a las relaciones cívico–privativas, hemos de poner en tela de juicio el modelo del Estado del bienestar capitalista desde una posición extra-marxista y extra-liberal (social welfare liberalism); la aceptación de la institucionalización política de la equidad como valor supremo universal y estrella polar de la izquierda frente al igualitarismo conservador; la solidaridad que viene antes y después que la justicia y que es una predisposición a la parcialidad y a la asimetría; la recuperación del universalismo de los principios y de las políticas; la exigencia moral de la izquierda acerca de un pacifismo militante, ese activismo pacifista que nos es connatural y no solo una mera renuncia a la guerra; por supuesto que la laicidad como principal peculiaridad del republicanismo civicista, la concepción de la religión como una opción estrictamente moral y personal de la que los poderes públicos han de mantenerse ajenos, superando la simple y elemental aconfesionalidad estatal de la Constitución de 1978; el relativismo crítico, que no ético, como método, es decir, el sometimiento a discusión de toda proposición ideológica, deponiendo todo fanatismo pues “si la democracia alguna vez dejase de tratarse como un problema, ésta llegaría a su fin”.
Tal vez tuviera razón Felipe González cuando tildaba a la izquierda de conservadora. Cierto sector del movimiento antiglobalización -no sabría calibrar cuánta presencia tiene dentro de esta corriente tan válida y necesaria-, intenta abanderar la rúbrica y los valores de la izquierda haciendo gala de ese formidable dogmatismo que la estanca y la imposibilita, apelando al anteriormente señalado dualismo extremismo-izquierda y totalizando a éste como una inapelable identidad. La globalización, dicen estos genuinos izquierdistas, hay que aniquilarla. Pues bien, este apasionamiento romántico, el rancio tradicionalismo ideológico no es la solución a una crisis estructural y subrepticia como ésta. Hay detrás un contenido de base más profundo. El capitalismo sin rostro, sus flujos financieros, escapan de las manos de las democracias actuales sin control ni restricciones. Esta integración de la actividad económica a escala planetaria dibuja su acción de un rincón a otro del mundo en cuestión de décimas de segundo, posibilitándolo los nuevos avances tecnológicos. Esta marejada de insubordinación no cesa de desplegar sus efectos nocivos al margen de principios sociales como la justicia y la igualdad. No hay política económica nacional que valga puesto que todo se evalúa y digiere con arreglo a utensilios pretéritos y caducos. Así como el movimiento obrero y las bases del socialismo clásico surgieron como ideologías tendentes a paliar las consecuencias perniciosas de la revolución industrial, el socialismo del siglo XXI debe actuar enfrentándose con la derivación de otra revolución, la de nuestra era: la revolución tecnológica que es la responsable de anidar la globalización financiera. La globalización disminuye el margen de actuación de los gobiernos, pero eso no implica que dichos gobiernos deban eliminar beneficios sociales o deteriorar el medio ambiente. Las instituciones, así como las preferencias de ciudadanos y elites políticas, son centrales para explicar la variabilidad entre los Estados que se enfrenten con la globalización. Al menos en los países más desarrollados que cuentan con Estados más fuertes, hay que reivindicar, como hacen Garret y Lange, que exista un margen de actuación para la política. Según Robert Dahl, en un mundo global, democracia significa ser capaz de transferir la autoridad a la esfera en la que se consiga más eficacia, manteniendo a la vez tanto los niveles de representatividad como la capacidad de los ciudadanos de ejercer un control prospectivo y retrospectivo sobre los políticos. Esto requeriría democratizar los Estados, pero también las organizaciones internacionales. La evidencia empírica apunta a que el proceso de globalización genera un incremento neto de la riqueza global, pero la eficiencia económica no dice nada acerca de la distribución de los recursos, ni ofrece reflexión alguna acerca de la equidad como principio organizativo. La conclusión normativa de John Rawls es que un sistema de libre mercado debe establecerse en un marco de instituciones políticas y legales que ajuste la tendencia a largo plazo de las fuerzas económicas a fin de prevenir las concentraciones excesivas de propiedad y riqueza, especialmente de las que conducen a la dominación política. Así, las ideas en las que se basan los ocho Objetivos de desarrollo del Milenio promovido por la ONU, reflejan un planteamiento de cómo conseguir una distribución más justa a escala global de los bienes primarios. Si conseguimos su gobernación por medio de originales instituciones democráticas que innoven el actual orden internacional, si avanzáramos sobre un escenario político transnacional que trabajase por la cohesión económica y social en todo el mundo, entonces nos estaríamos aprovechando del progreso global que puede conferirnos toda una sinergia de posibilidades que carece de antecedentes en la Historia del Mundo. Todo ello pasa por devolver al proyecto socialista democrático su carácter internacionalista. Y es que de modo genérico, sería un error concebir la izquierda al lado de las fronteras de los nacionalismos. La izquierda es global por naturaleza. Surgen además, necesidades de índole meramente política como el terrorismo internacional o el fenómeno de la inmigración que son zoquetamente gestionadas desde una política interior entre naciones. Prueba de lo que expreso es la defección que en relación al carácter supranacional tienen las actuales PESC (Política Exterior y de Seguridad Común) y CAJI (Asuntos de Justicia e Interior) en el ámbito de la Unión Europea. Son dos pilares de la integración comunitaria que aún no han consolidado un tejido estatalista y administrativo consistente. Esperemos que con Lisboa esto cambie. Nos inventamos además guerras prostituyendo los cimientos del Derecho Público Internacional, haciendo caso omiso a la convergencia entre sur y norte, entre este y oeste. Occidente, ahora más que nunca, ha de aprender a construir porque en la tarea de destruir ya es un auténtico experto.
Es inexorable que la izquierda renueve sus bases teóricas, tiene que caminar en una reflexión constante y firme para tapar las copiosas y lapidarias grietas que desbarajustan el sistema democrático. No se puede apelar eternamente a las ideologías del pasado porque éstas se han debilitado con las transformaciones sociales, y por tanto sus partidos, así como el conflicto social que se fragiliza pese a contener problemas de gravedad. Nos empecinamos en una dialéctica acomodaticia y estéril entre una visión de democracia participativa y dinámica y otra absolutista y estática, estrictamente formalista. Hablamos sobre la síntesis que nos dan precocinada acerca de un avance de la democracia cuando lo que excede son las desigualdades, la violencia, la desintegración, el individualismo... ¡Algo va mal! Según la revista Forbes, las 200 personas más ricas del mundo disponían en 1998 de una renta de 1 billón de dólares, la misma cantidad que el 41% de la población mundial, casi 3.000 millones de personas. Entre 1994 y 1998, cada una de estas 200 personas, duplicó su renta (de 400 mil millones al billón de dólares antes mencionado). Esto supone que en un solo segundo, incrementaron su renta individual en 500 dólores, ingresos similares a los recibidos por un etíope en todo un año. En términos agregados, más de 1.000 millones de personas en el mundo viven con menos de un dólar diario y 3.000 con menos de 2 dólares diarios. Hacia 1820, la distancia entre los cinco países más ricos y los más pobres era de 3 a 1; en 1992, la distancia entre EEUU y Etiopía era de 72 a 1. De 25 billones y medio de las antiguas pesetas invertidas en investigación y desarrollo, la tercera parte van destinadas a programas militares, 3.000 personas mueren de hambre diariamente, un número creciente de países aún no conoce la democracia y se desdibuja cada día con sangrientas guerras civiles auspiciadas por el primer mundo. El resultado es que hoy, el G-8 representa el 67,8% de la renta mundial, con sólo el 11,8% de la población. Sin embargo, existe un margen de actuación para la política y esa es nuestra salvación. Marruecos y Jamaica tienen rentas per cápita similares, pero Marruecos tiene un índice de desarrollo humano muy inferior. Incluso Vietnam, con casi la mitad de renta que Marruecos, tiene un índice de desarrollo humano bastante superior. En EEUU, si en 1979, los ingresos de las familias más ricas eran 10 veces superiores a los ingresos de las familias de nivel medio, en 1997, esta diferencia era de 23 veces. Entre tanto, en Canadá y Dinamarca, se redujo la desigualdad ligeramente. De nuevo, los datos desmienten el determinismo, y habría que estudiar las políticas concretas para explicar las razones por las cuales contextos similares conducen a resultados distintos. Nos damos cuenta de la necesidad de reeditar un nuevo pacto entre libertad y equidad, del que surja un nuevo orden internacional que derogue el caos que hoy desgobierna el planeta, un acuerdo en el contenido y la finalidad de la democracia que irrumpa frente a este capitalismo cruento y voraz, aprendiendo de nuestro vasto bagaje histórico.
La izquierda de nuestros días debe ser inteligente, vigorosa, tiene que servir a los ciudadanos y no los ciudadanos a ella, hay que poner en marcha un revisionismo conducido por el Estado para reducir la injusticia y apremiar el concepto republicano de libertad, afrontando una realidad inevitable y cierta como es la crisis del Estado–Nación, a través de la globalización de la política y la democracia. Importa, es trascendente, implantar desde ya los principios orientativos de esta reforma, ahora, cuando las reglas de juego se incumplen y el entorno oscila a velocidades de vértigo, cuando se suprime el debate público, cuando se vive la despolitización del nuevo orden mundial, cuando hay graves problemas de desestructuración social y la educación anda herida de muerte.
No obstante, hay que prestar cautela a la hora de conducir esta etapa de crisis de las ideologías entendida como cambio cultural, con el fin de que nada de esto inspire espectáculos circenses y hueros ni nos lleve a envenenados mimetismos que confundan realidad práctica con estatismo refractario e infrangible. Me refiero a la más peligrosa y fútil de nuestras respuestas posibles: una componenda fácil por conservadora de agregarse como remedo de lo que ya existe, aquellas soluciones políticas generadoras del escenario defectuoso que es preciso organizar novedosamente. Más de lo mismo pues. La doctrina económica social-liberal de Anthony Giddens que ha acogido en su seno el paupérrimo laborismo de Tony Blair, es soga de un pensamiento magullado y hambriento. Y es que sobran analistas políticos en la izquierda. De lo que ésta carece y de lo que más necesita es de pensadores que, libremente y sin interdictos ni atajos intelectuales, imaginen una sociedad a partir de la que hay, con los recursos que hay, pero no redundando de nuevo en lo que hay, que es lo que se desea cambiar. El laborismo británico de Blair nunca representó ni de lejos la izquierda del futuro, puesto que no encarna la modernidad sino la conservación. Puede que Gordon Brown pueda equilibrar las fuerzas dentro del partido.
El socialismo hace tiempo que dejó de apellidarse marxista, para configurarse como una escuela de librepensamiento con unas convicciones, una manera de proceder y entender el mundo, una ética e incluso puede que una estética, comunes, lejos de apropiarse de una verdad absoluta que nos nominaría como doctrina que profiere dogmas. Y sinceramente, pensar nuestra sociedad no pasa por acatar dogmas ni fes ciegas, sino por reflexionar por nosotros mismos, con el único ingenio de la Razón. De su proposición como motor de progreso en una era concreta a partir de la cual emerge la modernidad, florecen los ímpetus de conocimiento, las grandes ideologías manan de su seno en un ardor por perfeccionar la sociedad. Unas lo hacen a través de una interpretación íntegra, no se apartan de sus valores originarios y lo que procuran es, adaptándose a los nuevos tiempos, incidir en la bondad de la vida en sociedad, allegarse a la noción de sociedad buena y justa. Sin embargo, otras lo hacen atendiendo en sus muy distintas hechuras, a conceptos que no son la razón, instrumentos en los que se apoyan invariablemente para construir sociedades de ficción, vulnerando en unos casos la libertad, en otros, la igualdad. No consiguen de un modo ecuánime el equilibrio de la razón. Se inmergen en el nacionalismo para en unas circunstancias históricas determinadas, uniformar los fascismos u otros sistemas totalitarios; en los intereses económicos de los más poderosos como es el caso del ultra liberalismo económico de David Ricardo o de las progresiones magulladas y absurdas de Thomas Malthus; o en las pasiones políticas que enarbolan la lucha por una ideal pero desguarnecida justicia de los populismos o de la experiencia mal llamada socialista marxista, al desoír por completo el principio de la libertad, desacreditando al propio individuo en pos de una colectividad etérea y alienante, cuando es desde el socialismo democrático desde donde se defiende más puramente la concepción de individuo mejorable a través de sus relaciones sociales. Y tal vez, lo más substancial es que no proponen, no dialogan, no escuchan. Se forjan como toda una magistratura del silencio y de la imposición. Y ésta no es la salida. Necesitamos ahora más que nunca espacios para el consenso, para el pacto de una identidad política, como entendieron los autores de la Francia ilustrada. Estas materias susceptibles de consenso podríamos llamarlas cuestiones de Estado que, por ejemplo en la tradición democrática francesa, gran paradigma social de democracia, tienen una gestión distintiva de las gubernamentales.
Introduciéndonos en un debate distinto aunque no distante como es el de la República como forma política de Estado (distinto al modelo de pensamiento del republicanismo), las materias referidas de los pilares del modelo político suelen ser competencia de la Jefatura del Estado, una institución con funciones ejecutivas, en un sistema Presidencialista o semi-presidencialista. La forma política de Estado es esencial en la organización y desenvolvimiento de la política de una nación. No se trata de un accidente carente de jerarquía. Existe la idea un tanto manida quizás por su déficit racionalista, sobre la conjetura de que la figura del rey como jefe de Estado en una monarquía parlamentaria supone la democratización del sistema mismo. “No es un peligro de concreción de la soberanía”, sugieren no solamente los monárquicos sino gran parte de la ciudadanía, se ha de reconocer, enfundada en un sentimiento personalista juancarlista, en el caso español, más que monárquico y por supuesto que respetable y legítimo, dada la benignidad de su cometido en nuestra transición democrática. Por supuesto que las monarquías actuales ya no son lo que eran, faltaría más. Son sus componentes de base teocráticos los que parecen no tener demasiada justificación en las sociedades modernas, por mucho barniz democrático que se le quiera suponer a la institución. Sin embargo, la cuestión del debate monarquía-república no ha de cimentarse sobre la popularidad de una determinada dinastía o el supuesto carisma y sencillez personal de un monarca en particular, sino la razonable superioridad de un modelo sobre otro, tanto desde el punto de vista filosófico y politológico como desde su sentido de la eficiencia y la practicidad. En Francia, la derecha y la izquierda democráticas se unieron en las penúltimas elecciones presidenciales para alejar del poder al absceso populista que suponía Len Pen, un antimodelo peligroso para la marcha democrática. Y así lo entendieron conservadores, liberales, socialistas, eurocomunistas, verdes... en un alarde de estilo y contenido, en defensa de lo que tradicionalmente han sido sus señas de identidad como pueblo. Idéntico consenso los ha anudado en el conflicto de Iraq, desde una posición de auténtica representatividad del Estado, sin posibles alteraciones partidistas. Por ello es tan revelador el papel de un Jefe de Estado con funciones políticas propio de democracias presidencialistas, en contraposición del de un Jefe de Estado con meras competencias simbólicas, de las que incluso tampoco puede disponer con total plenitud cuando el presidente del gobierno de turno, puede hurtarle dichas competencias, como tuvo lugar en la última legislatura aznarista (2000-2004).
De todos modos es importante hacer una mera reseña a la crisis del parlamentarismo que tiene una importancia vital en la inestabilidad de nuestras democracias. Los partidos políticos son núcleos cerrados de poder, actualmente importan más que los ciudadanos, los representantes pierden legitimidad para el votante o elector ya que llegan prefabricados por los partidos, dejan pues de representar a la ciudadanía para hacerlo con respecto a sus mandatarios y a las siglas del aparato. Aún no se ha potenciado la figura del colaborador ni la del simpatizante. Esto obliga a una extraparlamentarización del conflicto social, reconociéndose la tensión dialéctica entre mayoría gubernativa y oposición. Y las listas bloqueadas no ayudan a conformar una democracia más participativa y expedita, sobre todo en el ámbito local. De acuerdo que en la experiencia dentro de nuestras fronteras, este diseño ha sido heredado por la transición democrática y la Ley para la Reforma Política. Pero es hora de modificar las redes de relación y actuación de los partidos y de los grupos de interés.
Dejando aparte este asunto bastante significativo, y volviendo a abordar el previo, no defendemos la república los que lo hacemos por puro romanticismo y nostalgia histórica, que también, sino porque creemos que puede ser beneficioso para la evolución política de la sociedad y del apuntalamiento de marcos de consenso imprescindibles para un ventajoso método de actuación política. Sostenida esta motivación, es verdad que existen otros patrones de gobernabilidad dentro de sistemas presidencialistas o semi, que no conducen sus itinerarios políticos por esta senda pactista. Tal vez la Italia de Berlusconi y los EE.UU. de Bush puedan acarrear un desaliento para la defensa del modelo. Sin embargo, no creo del todo en un análisis tan estrechamente vinculativo y dimanante. Lo que yerra en el primer ejemplo, no es el factor república sino la salud de su democracia (un fenómeno global intensificado), la cultura democrática, la desafectiva mercadotecnia que domina el comercio político, los feroces intereses empresariales y financieros que representan y sostienen al imperio del duce italiano, donde el puesto de primer ministro está siendo un claro tenderete estratégico susceptible de compra-venta. Y qué personaje más idóneo para desempeñarla que un pobre hombre rico como el gran magnate de las telecomunicaciones y del fútbol italianos. Sería óptimo recordar que este último sector supone alrededor del 3% del PIB nacional y que las televisiones son en Italia el sostén publicitario del primer ministro. El caso norteamericano es lo suficientemente complejo y conocido como para aparcarlo de este debate. Su paradigma sociopolítico, económico y cultural se exporta a Europa y desnutre a nuestro continente del esplendor humanístico del que tradicionalmente ha hecho gala, de esto se infiere, no la crisis de la democracia moderna sino todo un esperpento de modelo de convivencia que toma prestado el símbolo de la democracia para legitimarse ante el mundo, bajo el ardid de adueñarse de éste por medio del despotismo de la fuerza y no de la supremacía de la razón y la libertad. La americana nunca fue una revolución social sino de defensa de los derechos civiles y políticos, fue una revolución de emancipación de las colonias, y salvando este escollo, sus valores han quedado arrinconados en los libros de Historia y no tienen ya nada que ver con la praxis política de la nación. Espero y deseo que la llegada de Obama a la Casa Blanca pueda dar crédito al vasto foco de esperanza que ha puesto el mundo sobre él. Obama tiene la responsabilidad de cumplir con el propósito de que otra política puede ser posible. Ha de tener cuidado, en una nación donde se perpetró de golpe el ocaso de estas mismas esperanzas con el magnicidio de JFK y posteriormente, de su hermano Robert y del líder del movimiento negro, Luther King. Fabuladas teorías sobre balas saltarinas y oscuros propósitos comunistas e historietas cubanas taparon los episodios más negros y vergonzosos de la Historia de Norteamérica. Apostar, no obstante, por un giro en la política de relaciones internacionales de la primera potencia mundial significaría menguar un tanto elevado, la locura insostenible que transmite la actual administración ultraconservadora.
La República francesa debe ser el espejo de cualquier modelo basado en los valores ilustrados, aun contando con sus miserias y sus debilidades actuales.
En la primera mitad de la pasada centuria tuvimos la oportunidad de explorar tal modelo en nuestras fronteras, pero supongo que fue la identidad gris y cainita del pueblo español, al margen de errores cometidos, la polarización atroz incluso dentro de las fuerzas del Frente Popular, la que sesgó sus posibilidades de éxito.Creo pues, que, retornando al debate anterior, el diálogo político y las consecuentes áreas de consenso son fundamentales, incluidos los aspectos parciales de la política como es la propia dignificación de la vida pública, el espíritu de la democracia, los mores de Alexis de Tocqueville. Los fines no justifican jamás los medios sino que existen unos procedimientos y unos cauces que son los democráticos y a partir de ahí comenzaríamos a valorar posturas. Porque lo realmente complicado es intrincar respuestas para reforzar la igualdad y la justicia sin que esto vaya en detrimento de la libertad. En el caso contrario, nada valdría la pena ya que hablaríamos de un rotundo y contundente fracaso moral, intelectual y político. Por tanto y a mi juicio, las propuestas, las ideas de izquierda no solo es posible que varíen según el contexto que consideremos en cada caso, sino que es conveniente que lo hagan. Sin embargo, los valores que la originan, la finalidad germinativa de la izquierda, deben soportarse en todo caso si no fijos, sí que inquebrantables porque suponen el maná de las ideas.