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Hoy es siempre todavia

Jul/24/2008 

Constitución Republicana de 1931

Aquí tenéis el texto íntegro de la Constitución española de 1931. Desde un punto de vista técnico-jurídico se trata de un texto impecable, bien organizado, democrático y avanzado en Derecho comparado. En efecto, hay rasgos que sugieren un gran parecido con la presente Constitución del 78, pues en la acción legiferante de ésta última tuvo especial relevancia. En el terreno de la ideología, no hay duda de que estamos ante uno de los instrumentos normativos y políticos más progresistas del siglo XX. Posiblemente, ésta fue la fuente primordial de conflicto en una época histórica que requería tal vez, dosis de polarización menores y un tanto más de enjuague pactista. Estos pactos no llegaron y así nos fue. La derecha de este país no es fácilmente comprometible con los pactos de estado, no lo ha sido nunca, aunque espero que este déficit democrático se venga abajo con la nueva dirección del principal partido conservador español. Permítanme que lo dude, aunque es legítimo merecer ponerlo en cuarentena. 

http://www.guerracivil.org/republica/Constitucion.html

Jun/22/2008 

Rehabilitación de un proscrito

Ya era hora pues, que el Partido Socialista tuviera ojos en el rostro y no visiones monoculares contra lo sucedido en nuestro más reciente pasado. Ya era hora de que se hiciese justicia con personas del talle personal, intelectual y político como Don Juan Negrín, que han representado para la España democrática algo más que un exilio forzoso, el deshonor incoado por parte de sus propios compañeros de filas y la más absoluta de las desdichas que es el odio propuesto a causa de la tergiversación de la España oficial de Franco, y la persistencia de la animadversión incluso por los correligionarios del partido, que no supieron o no quisieron, tal vez por intereses espurios, reconocer en la persona de Negrín la fortaleza y la convicción de que otra España podía ser posible. En el próximo Congreso del Partido se rehabilitará la figura de Juan Negrín López, el último presidente republicano. Un tanto tardía la decisión, pero me alegro muchísimo por él y su memoria.

http://www.elpais.com/articulo/espana/PSOE/rehabilita/Juan/Negrin/elpepunac/20080622elpepinac_19/Tes

Jun/01/2008 

Reflexiones sobre la Izquierda de Nuestros Días

 

Las concepciones que todavía hoy se tienen de izquierda y derecha suelen deformarse con bastante desconocimiento y demasiada intransigencia. Las denostadas concepciones nominativas que se imponen en una sociedad contra–humanística como la nuestra, han dejado de reproducir lo característico y por tanto, el auténtico calibre de las ideologías. No tanto por una cuestión de obsolescencia sino porque esta tradición estética, a mi parecer infructuosa, nunca fue fiel ni a la proposición intelectual general de éstas ni a la propia Historia. No habría que olvidar que en la génesis de su significante, en el contexto en que se parieron los calificativos de izquierda y derecha, la Asamblea Constituyente francesa en el siglo XVIII no entrañaba aún ningún elemento de lo que después se daría en llamar socialismo marxista. Las aportaciones de Marx y Engels, incluso el preludio de éstos que constituiría el socialismo utópico, sin que suponga necesidad hablar ya de un anarquismo, de su derivado (español) el anarco-sindicalismo ni de las demás ideologías de la época, serían posteriores, originadas precisamente de la proposición genérica y suculenta que brindó la Ilustración. Por consiguiente, la referencia a la izquierda corresponde a aquel liberalismo político frente a la derecha que encarnaban los conservadores. Por lo tanto, un paseo somero por la Historia parece no estar de acuerdo con estos distintivos contemporáneos que solo ayudan a estereotipar algo tan complejo como es el laberinto de las ideas, todo menos sintetizable.
A diferencia del carácter eminentemente expansivo, condimentado y plural de la izquierda, la derecha es más fácilmente reconocible por sus valores estancos así como por su talante y sus formas; ha cambiado vagamente entre los siglos y siempre será parecida, por no claudicar en su relativa univocidad –hablaríamos entonces sin excesiva propiedad–. Ha sido un acaparamiento pues del sustantivo izquierda lo que ha llevado a denominar de tal manera las fórmulas en clave de ecuación exactísima más radicales y extremistas. Y subrayo esta idea, ya que durante demasiado tiempo hemos querido pensar, reeditar y repetirnos indeciblemente soluciones matemáticas, esbozadas en banderas de pasión o referenciadas de doctrinas seudocientíficas con propósitos absolutos. Y dado que la persona es un ser eminentemente errático es de una torpe vanidad pretender hilvanar una sociedad con propósitos de perfección, amén de que toda sociedad que generemos será inconclusa y terminará por germinar nuevos problemas y vicisitudes, nuevos conflictos, también consecuentemente, nuevos modelos de pensamiento. Baste con aproximarnos a la utopía asumiendo que jamás llegaremos a algo tan indefinible e inconstante.
Pero, ¿por qué reconocer en la izquierda únicamente valores reduccionistas afines con los extremos del espectro ideológico, llámense cómo se quiera? ¿Por qué confundir el radicalismo con la izquierda?, ¿es que acaso continuamos hilvanando la condición de progresismo en los albores de este nuevo milenio con un pensamiento sesgado en clave marxista? Son estas soluciones unívocas las que la izquierda critica de la derecha, es el pensamiento único que también a una buena parte de la izquierda invade de manera exclusivista y atascada, como vemos.
Estoy dando por supuesto, claro está, que hablamos de niveles puramente teóricos. No entremos a valorar los aspectos falibles de las políticas que se ponen en práctica, porque estaríamos entonces al albur de la inevitable incorrección práctica, de los elementos de espacio y tiempo, etc... que nos llevarían al juego de la inaleccionable demagogia partidista, tan elástica como interesada.
La esencia cultural de la izquierda ha de pasar a gravitar en torno al respeto a los valores justos universales tradicionales (la libertad, la igualdad y la fraternidad o lo que hoy tendría como equivalente a la solidaridad) que tal vez tuvieran más que ver con el modelo de convivencia democrático que con el hiladero particular de las ideas; los valores que nacen en esta nueva segunda modernidad (o revisión de la primera, cuestión de gustos) como el pluralismo político y social, la diversidad cultural, el ecologismo, la igualdad de género, la democracia global...; la garantía de la justicia como nuestro máximo e irreductible tesoro patrimonial puesto que de él procedemos y hacia él nos dirigimos; el desarrollo del sistema de derechos políticos en el ámbito de la democracia indirecta como es el caso de la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos, esto es, la extensión de la democracia representativa, hacerla más atractiva, más utilitaria, más nuestra y sobre todo, más digna, revisando el sistema de partidos, junto al avance del Estado del bienestar, fortaleciendo su legitimidad social; el progreso del concepto de Estado y de Administración en aras de una utilización racional, eficiente y moderna de los recursos públicos; la promoción de la iniciativa privada para imaginar proyectos ilusionantes que nos eduquen como ciudadanos expeditivos; la protección de los más desfavorecidos, esto en todo caso debiera ser inmutable en la izquierda...
Al lado de estos valores que han de rociar las ideas del progresismo del hoy y no del mañana, se sitúan posibles actitudes presentes y futuras de la izquierda. El pendón fundamental quizá sea la conjugación de ciertos elementos del liberalismo político, revitalizar los valores que nos son propios como anteriormente he tratado de expresar, para así conquistar una izquierda ilustrada; no obstante, es imprescindible superar las claves rancias y desfasadas de este liberalismo desde la base del tradicional republicanismo ciudadanista, como sistema de no-dominación; dignificar la práctica política, esto supone profundizar sobre contenidos éticos y prácticos; establecer un debate serio sobre el papel del Estado frente a las relaciones cívico–privativas, hemos de poner en tela de juicio el modelo del Estado del bienestar capitalista desde una posición extra-marxista y extra-liberal (social welfare liberalism); la aceptación de la institucionalización política de la equidad como valor supremo universal y estrella polar de la izquierda frente al igualitarismo conservador; la solidaridad que viene antes y después que la justicia y que es una predisposición a la parcialidad y a la asimetría; la recuperación del universalismo de los principios y de las políticas; la exigencia moral de la izquierda acerca de un pacifismo militante, ese activismo pacifista que nos es connatural y no solo una mera renuncia a la guerra; por supuesto que la laicidad como principal peculiaridad del republicanismo civicista, la concepción de la religión como una opción estrictamente moral y personal de la que los poderes públicos han de mantenerse ajenos, superando la simple y elemental aconfesionalidad estatal de la Constitución de 1978; el relativismo crítico, que no ético, como método, es decir, el sometimiento a discusión de toda proposición ideológica, deponiendo todo fanatismo pues “si la democracia alguna vez dejase de tratarse como un problema, ésta llegaría a su fin”.
Tal vez tuviera razón Felipe González cuando tildaba a la izquierda de conservadora. Cierto sector del movimiento antiglobalización -no sabría calibrar cuánta presencia tiene dentro de esta corriente tan válida y necesaria-, intenta abanderar la rúbrica y los valores de la izquierda haciendo gala de ese formidable dogmatismo que la estanca y la imposibilita, apelando al anteriormente señalado dualismo extremismo-izquierda y totalizando a éste como una inapelable identidad. La globalización, dicen estos genuinos izquierdistas, hay que aniquilarla. Pues bien, este apasionamiento romántico, el rancio tradicionalismo ideológico no es la solución a una crisis estructural y subrepticia como ésta. Hay detrás un contenido de base más profundo. El capitalismo sin rostro, sus flujos financieros, escapan de las manos de las democracias actuales sin control ni restricciones. Esta integración de la actividad económica a escala planetaria dibuja su acción de un rincón a otro del mundo en cuestión de décimas de segundo, posibilitándolo los nuevos avances tecnológicos. Esta marejada de insubordinación no cesa de desplegar sus efectos nocivos al margen de principios sociales como la justicia y la igualdad. No hay política económica nacional que valga puesto que todo se evalúa y digiere con arreglo a utensilios pretéritos y caducos. Así como el movimiento obrero y las bases del socialismo clásico surgieron como ideologías tendentes a paliar las consecuencias perniciosas de la revolución industrial, el socialismo del siglo XXI debe actuar enfrentándose con la derivación de otra revolución, la de nuestra era: la revolución tecnológica que es la responsable de anidar la globalización financiera. La globalización disminuye el margen de actuación de los gobiernos, pero eso no implica que dichos gobiernos deban eliminar beneficios sociales o deteriorar el medio ambiente. Las instituciones, así como las preferencias de ciudadanos y elites políticas, son centrales para explicar la variabilidad entre los Estados que se enfrenten con la globalización. Al menos en los países más desarrollados que cuentan con Estados más fuertes, hay que reivindicar, como hacen Garret y Lange, que exista un margen de actuación para la política. Según Robert Dahl, en un mundo global, democracia significa ser capaz de transferir la autoridad a la esfera en la que se consiga más eficacia, manteniendo a la vez tanto los niveles de representatividad como la capacidad de los ciudadanos de ejercer un control prospectivo y retrospectivo sobre los políticos. Esto requeriría democratizar los Estados, pero también las organizaciones internacionales. La evidencia empírica apunta a que el proceso de globalización genera un incremento neto de la riqueza global, pero la eficiencia económica no dice nada acerca de la distribución de los recursos, ni ofrece reflexión alguna acerca de la equidad como principio organizativo. La conclusión normativa de John Rawls es que un sistema de libre mercado debe establecerse en un marco de instituciones políticas y legales que ajuste la tendencia a largo plazo de las fuerzas económicas a fin de prevenir las concentraciones excesivas de propiedad y riqueza, especialmente de las que conducen a la dominación política. Así, las ideas en las que se basan los ocho Objetivos de desarrollo del Milenio promovido por la ONU, reflejan un planteamiento de cómo conseguir una distribución más justa a escala global de los bienes primarios. Si conseguimos su gobernación por medio de originales instituciones democráticas que innoven el actual orden internacional, si avanzáramos sobre un escenario político transnacional que trabajase por la cohesión económica y social en todo el mundo, entonces nos estaríamos aprovechando del progreso global que puede conferirnos toda una sinergia de posibilidades que carece de antecedentes en la Historia del Mundo. Todo ello pasa por devolver al proyecto socialista democrático su carácter internacionalista. Y es que de modo genérico, sería un error concebir la izquierda al lado de las fronteras de los nacionalismos. La izquierda es global por naturaleza. Surgen además, necesidades de índole meramente política como el terrorismo internacional o el fenómeno de la inmigración que son zoquetamente gestionadas desde una política interior entre naciones. Prueba de lo que expreso es la defección que en relación al carácter supranacional tienen las actuales PESC (Política Exterior y de Seguridad Común) y CAJI (Asuntos de Justicia e Interior) en el ámbito de la Unión Europea. Son dos pilares de la integración comunitaria que aún no han consolidado un tejido estatalista y administrativo consistente. Esperemos que con Lisboa esto cambie. Nos inventamos además guerras prostituyendo los cimientos del Derecho Público Internacional, haciendo caso omiso a la convergencia entre sur y norte, entre este y oeste. Occidente, ahora más que nunca, ha de aprender a construir porque en la tarea de destruir ya es un auténtico experto.
Es inexorable que la izquierda renueve sus bases teóricas, tiene que caminar en una reflexión constante y firme para tapar las copiosas y lapidarias grietas que desbarajustan el sistema democrático. No se puede apelar eternamente a las ideologías del pasado porque éstas se han debilitado con las transformaciones sociales, y por tanto sus partidos, así como el conflicto social que se fragiliza pese a contener problemas de gravedad. Nos empecinamos en una dialéctica acomodaticia y estéril entre una visión de democracia participativa y dinámica y otra absolutista y estática, estrictamente formalista. Hablamos sobre la síntesis que nos dan precocinada acerca de un avance de la democracia cuando lo que excede son las desigualdades, la violencia, la desintegración, el individualismo... ¡Algo va mal! Según la revista Forbes, las 200 personas más ricas del mundo disponían en 1998 de una renta de 1 billón de dólares, la misma cantidad que el 41% de la población mundial, casi 3.000 millones de personas. Entre 1994 y 1998, cada una de estas 200 personas, duplicó su renta (de 400 mil millones al billón de dólares antes mencionado). Esto supone que en un solo segundo, incrementaron su renta individual en 500 dólores, ingresos similares a los recibidos por un etíope en todo un año. En términos agregados, más de 1.000 millones de personas en el mundo viven con menos de un dólar diario y 3.000 con menos de 2 dólares diarios. Hacia 1820, la distancia entre los cinco países más ricos y los más pobres era de 3 a 1; en 1992, la distancia entre EEUU y Etiopía era de 72 a 1. De 25 billones y medio de las antiguas pesetas invertidas en investigación y desarrollo, la tercera parte van destinadas a programas militares, 3.000 personas mueren de hambre diariamente, un número creciente de países aún no conoce la democracia y se desdibuja cada día con sangrientas guerras civiles auspiciadas por el primer mundo. El resultado es que hoy, el G-8 representa el 67,8% de la renta mundial, con sólo el 11,8% de la población. Sin embargo, existe un margen de actuación para la política y esa es nuestra salvación. Marruecos y Jamaica tienen rentas per cápita similares, pero Marruecos tiene un índice de desarrollo humano muy inferior. Incluso Vietnam, con casi la mitad de renta que Marruecos, tiene un índice de desarrollo humano bastante superior. En EEUU, si en 1979, los ingresos de las familias más ricas eran 10 veces superiores a los ingresos de las familias de nivel medio, en 1997, esta diferencia era de 23 veces. Entre tanto, en Canadá y Dinamarca, se redujo la desigualdad ligeramente. De nuevo, los datos desmienten el determinismo, y habría que estudiar las políticas concretas para explicar las razones por las cuales contextos similares conducen a resultados distintos. Nos damos cuenta de la necesidad de reeditar un nuevo pacto entre libertad y equidad, del que surja un nuevo orden internacional que derogue el caos que hoy desgobierna el planeta, un acuerdo en el contenido y la finalidad de la democracia que irrumpa frente a este capitalismo cruento y voraz, aprendiendo de nuestro vasto bagaje histórico.
La izquierda de nuestros días debe ser inteligente, vigorosa, tiene que servir a los ciudadanos y no los ciudadanos a ella, hay que poner en marcha un revisionismo conducido por el Estado para reducir la injusticia y apremiar el concepto republicano de libertad, afrontando una realidad inevitable y cierta como es la crisis del Estado–Nación, a través de la globalización de la política y la democracia. Importa, es trascendente, implantar desde ya los principios orientativos de esta reforma, ahora, cuando las reglas de juego se incumplen y el entorno oscila a velocidades de vértigo, cuando se suprime el debate público, cuando se vive la despolitización del nuevo orden mundial, cuando hay graves problemas de desestructuración social y la educación anda herida de muerte.
No obstante, hay que prestar cautela a la hora de conducir esta etapa de crisis de las ideologías entendida como cambio cultural, con el fin de que nada de esto inspire espectáculos circenses y hueros ni nos lleve a envenenados mimetismos que confundan realidad práctica con estatismo refractario e infrangible. Me refiero a la más peligrosa y fútil de nuestras respuestas posibles: una componenda fácil por conservadora de agregarse como remedo de lo que ya existe, aquellas soluciones políticas generadoras del escenario defectuoso que es preciso organizar novedosamente. Más de lo mismo pues. La doctrina económica social-liberal de Anthony Giddens que ha acogido en su seno el paupérrimo laborismo de Tony Blair, es soga de un pensamiento magullado y hambriento. Y es que sobran analistas políticos en la izquierda. De lo que ésta carece y de lo que más necesita es de pensadores que, libremente y sin interdictos ni atajos intelectuales, imaginen una sociedad a partir de la que hay, con los recursos que hay, pero no redundando de nuevo en lo que hay, que es lo que se desea cambiar. El laborismo británico de Blair nunca representó ni de lejos la izquierda del futuro, puesto que no encarna la modernidad sino la conservación. Puede que Gordon Brown pueda equilibrar las fuerzas dentro del partido.
El socialismo hace tiempo que dejó de apellidarse marxista, para configurarse como una escuela de librepensamiento con unas convicciones, una manera de proceder y entender el mundo, una ética e incluso puede que una estética, comunes, lejos de apropiarse de una verdad absoluta que nos nominaría como doctrina que profiere dogmas. Y sinceramente, pensar nuestra sociedad no pasa por acatar dogmas ni fes ciegas, sino por reflexionar por nosotros mismos, con el único ingenio de la Razón. De su proposición como motor de progreso en una era concreta a partir de la cual emerge la modernidad, florecen los ímpetus de conocimiento, las grandes ideologías manan de su seno en un ardor por perfeccionar la sociedad. Unas lo hacen a través de una interpretación íntegra, no se apartan de sus valores originarios y lo que procuran es, adaptándose a los nuevos tiempos, incidir en la bondad de la vida en sociedad, allegarse a la noción de sociedad buena y justa. Sin embargo, otras lo hacen atendiendo en sus muy distintas hechuras, a conceptos que no son la razón, instrumentos en los que se apoyan invariablemente para construir sociedades de ficción, vulnerando en unos casos la libertad, en otros, la igualdad. No consiguen de un modo ecuánime el equilibrio de la razón. Se inmergen en el nacionalismo para en unas circunstancias históricas determinadas, uniformar los fascismos u otros sistemas totalitarios; en los intereses económicos de los más poderosos como es el caso del ultra liberalismo económico de David Ricardo o de las progresiones magulladas y absurdas de Thomas Malthus; o en las pasiones políticas que enarbolan la lucha por una ideal pero desguarnecida justicia de los populismos o de la experiencia mal llamada socialista marxista, al desoír por completo el principio de la libertad, desacreditando al propio individuo en pos de una colectividad etérea y alienante, cuando es desde el socialismo democrático desde donde se defiende más puramente la concepción de individuo mejorable a través de sus relaciones sociales. Y tal vez, lo más substancial es que no proponen, no dialogan, no escuchan. Se forjan como toda una magistratura del silencio y de la imposición. Y ésta no es la salida. Necesitamos ahora más que nunca espacios para el consenso, para el pacto de una identidad política, como entendieron los autores de la Francia ilustrada. Estas materias susceptibles de consenso podríamos llamarlas cuestiones de Estado que, por ejemplo en la tradición democrática francesa, gran paradigma social de democracia, tienen una gestión distintiva de las gubernamentales.
Introduciéndonos en un debate distinto aunque no distante como es el de la República como forma política de Estado (distinto al modelo de pensamiento del republicanismo), las materias referidas de los pilares del modelo político suelen ser competencia de la Jefatura del Estado, una institución con funciones ejecutivas, en un sistema Presidencialista o semi-presidencialista. La forma política de Estado es esencial en la organización y desenvolvimiento de la política de una nación. No se trata de un accidente carente de jerarquía. Existe la idea un tanto manida quizás por su déficit racionalista, sobre la conjetura de que la figura del rey como jefe de Estado en una monarquía parlamentaria supone la democratización del sistema mismo. “No es un peligro de concreción de la soberanía”, sugieren no solamente los monárquicos sino gran parte de la ciudadanía, se ha de reconocer, enfundada en un sentimiento personalista juancarlista, en el caso español, más que monárquico y por supuesto que respetable y legítimo, dada la benignidad de su cometido en nuestra transición democrática. Por supuesto que las monarquías actuales ya no son lo que eran, faltaría más. Son sus componentes de base teocráticos los que parecen no tener demasiada justificación en las sociedades modernas, por mucho barniz democrático que se le quiera suponer a la institución. Sin embargo, la cuestión del debate monarquía-república no ha de cimentarse sobre la popularidad de una determinada dinastía o el supuesto carisma y sencillez personal de un monarca en particular, sino la razonable superioridad de un modelo sobre otro, tanto desde el punto de vista filosófico y politológico como desde su sentido de la eficiencia y la practicidad. En Francia, la derecha y la izquierda democráticas se unieron en las penúltimas elecciones presidenciales para alejar del poder al absceso populista que suponía Len Pen, un antimodelo peligroso para la marcha democrática. Y así lo entendieron conservadores, liberales, socialistas, eurocomunistas, verdes... en un alarde de estilo y contenido, en defensa de lo que tradicionalmente han sido sus señas de identidad como pueblo. Idéntico consenso los ha anudado en el conflicto de Iraq, desde una posición de auténtica representatividad del Estado, sin posibles alteraciones partidistas. Por ello es tan revelador el papel de un Jefe de Estado con funciones políticas propio de democracias presidencialistas, en contraposición del de un Jefe de Estado con meras competencias simbólicas, de las que incluso tampoco puede disponer con total plenitud cuando el presidente del gobierno de turno, puede hurtarle dichas competencias, como tuvo lugar en la última legislatura aznarista (2000-2004).
De todos modos es importante hacer una mera reseña a la crisis del parlamentarismo que tiene una importancia vital en la inestabilidad de nuestras democracias. Los partidos políticos son núcleos cerrados de poder, actualmente importan más que los ciudadanos, los representantes pierden legitimidad para el votante o elector ya que llegan prefabricados por los partidos, dejan pues de representar a la ciudadanía para hacerlo con respecto a sus mandatarios y a las siglas del aparato. Aún no se ha potenciado la figura del colaborador ni la del simpatizante. Esto obliga a una extraparlamentarización del conflicto social, reconociéndose la tensión dialéctica entre mayoría gubernativa y oposición. Y las listas bloqueadas no ayudan a conformar una democracia más participativa y expedita, sobre todo en el ámbito local. De acuerdo que en la experiencia dentro de nuestras fronteras, este diseño ha sido heredado por la transición democrática y la Ley para la Reforma Política. Pero es hora de modificar las redes de relación y actuación de los partidos y de los grupos de interés.
Dejando aparte este asunto bastante significativo, y volviendo a abordar el previo, no defendemos la república los que lo hacemos por puro romanticismo y nostalgia histórica, que también, sino porque creemos que puede ser beneficioso para la evolución política de la sociedad y del apuntalamiento de marcos de consenso imprescindibles para un ventajoso método de actuación política. Sostenida esta motivación, es verdad que existen otros patrones de gobernabilidad dentro de sistemas presidencialistas o semi, que no conducen sus itinerarios políticos por esta senda pactista. Tal vez la Italia de Berlusconi y los EE.UU. de Bush puedan acarrear un desaliento para la defensa del modelo. Sin embargo, no creo del todo en un análisis tan estrechamente vinculativo y dimanante. Lo que yerra en el primer ejemplo, no es el factor república sino la salud de su democracia (un fenómeno global intensificado), la cultura democrática, la desafectiva mercadotecnia que domina el comercio político, los feroces intereses empresariales y financieros que representan y sostienen al imperio del duce italiano, donde el puesto de primer ministro está siendo un claro tenderete estratégico susceptible de compra-venta. Y qué personaje más idóneo para desempeñarla que un pobre hombre rico como el gran magnate de las telecomunicaciones y del fútbol italianos. Sería óptimo recordar que este último sector supone alrededor del 3% del PIB nacional y que las televisiones son en Italia el sostén publicitario del primer ministro. El caso norteamericano es lo suficientemente complejo y conocido como para aparcarlo de este debate. Su paradigma sociopolítico, económico y cultural se exporta a Europa y desnutre a nuestro continente del esplendor humanístico del que tradicionalmente ha hecho gala, de esto se infiere, no la crisis de la democracia moderna sino todo un esperpento de modelo de convivencia que toma prestado el símbolo de la democracia para legitimarse ante el mundo, bajo el ardid de adueñarse de éste por medio del despotismo de la fuerza y no de la supremacía de la razón y la libertad. La americana nunca fue una revolución social sino de defensa de los derechos civiles y políticos, fue una revolución de emancipación de las colonias, y salvando este escollo, sus valores han quedado arrinconados en los libros de Historia y no tienen ya nada que ver con la praxis política de la nación. Espero y deseo que la llegada de Obama a la Casa Blanca pueda dar crédito al vasto foco de esperanza que ha puesto el mundo sobre él. Obama tiene la responsabilidad de cumplir con el propósito de que otra política puede ser posible. Ha de tener cuidado, en una nación donde se perpetró de golpe el ocaso de estas mismas esperanzas con el magnicidio de JFK y posteriormente, de su hermano Robert y del líder del movimiento negro, Luther King. Fabuladas teorías sobre balas saltarinas y oscuros propósitos comunistas e historietas cubanas taparon los episodios más negros y vergonzosos de la Historia de Norteamérica. Apostar, no obstante, por un giro en la política de relaciones internacionales de la primera potencia mundial significaría menguar un tanto elevado, la locura insostenible que transmite la actual administración ultraconservadora.
La República francesa debe ser el espejo de cualquier modelo basado en los valores ilustrados, aun contando con sus miserias y sus debilidades actuales.
En la primera mitad de la pasada centuria tuvimos la oportunidad de explorar tal modelo en nuestras fronteras, pero supongo que fue la identidad gris y cainita del pueblo español, al margen de errores cometidos, la polarización atroz incluso dentro de las fuerzas del Frente Popular, la que sesgó sus posibilidades de éxito.
Creo pues, que, retornando al debate anterior, el diálogo político y las consecuentes áreas de consenso son fundamentales, incluidos los aspectos parciales de la política como es la propia dignificación de la vida pública, el espíritu de la democracia, los mores de Alexis de Tocqueville. Los fines no justifican jamás los medios sino que existen unos procedimientos y unos cauces que son los democráticos y a partir de ahí comenzaríamos a valorar posturas. Porque lo realmente complicado es intrincar respuestas para reforzar la igualdad y la justicia sin que esto vaya en detrimento de la libertad. En el caso contrario, nada valdría la pena ya que hablaríamos de un rotundo y contundente fracaso moral, intelectual y político. Por tanto y a mi juicio, las propuestas, las ideas de izquierda no solo es posible que varíen según el contexto que consideremos en cada caso, sino que es conveniente que lo hagan. Sin embargo, los valores que la originan, la finalidad germinativa de la izquierda, deben soportarse en todo caso si no fijos, sí que inquebrantables porque suponen el maná de las ideas.  



Jun/01/2008 

Una irremediada intermitencia en el tiempo

Es la ilustración el condimento natural para alcanzar el progreso. Una educación plenaria e integral es la que genera sociedades librepensadoras, la que nos hace incólumes a la demagogia y nos protege de la retórica hueca y manipuladora de los tergiversadores de turno. Alejados de ese progreso llamado a hacernos iguales atendiendo a nuestras diferencias, con-vivimos en unas cada vez más precarias y desintegradas estructuras sociopolíticas.
Las ideologías parecen haber sucumbido bajo el atolondramiento de un pragmatismo pancista y facilón en la justa hora en que más las necesitamos. Algo se ha desarrollado mal en las democracias actuales, cierta perversión catequizadora ha engendrado el sistema para que prosperar no concuerde con nuestra realidad y hayamos de remitirnos en tiempo real al más lóbrego pasado que se reitera intermitente entre generaciones con no demasiada distancia entre ellas para ser henchidas de ilusión. El comportamiento político de las masas reverencia una absoluta ignorancia o indiferencia acerca de la cuestión pública. La privatización ciudadana comienza a surtir efectos, una irresponsabilidad holgazana ante las urnas y una anarquía social que entrega el protagonismo a unos facciosos elementos extra-públicos. Institucionalizan un fuera de juego populista y rancio, de suma cero, que permite a la demanda sumergida del mercado político sacar a flote unos votos repujables para potenciar sus intereses.
Los escenarios además, son heterogéneos, no solo la Venezuela de Chávez o sus acólitos con tanto lerdo malandrín como gobernantes. La Italia del Il Duce Berlusconi o la preclara Francia entre otros, por supuesto, capitaneando un fantoche analfabeto como Bush Jr. el patrón de cinismo del interés personal y la pasión contra el eje del mal, son imagen de este desafortunado fotograma de caos y autoritarismo. El fenómeno de la inmigración que perversamente totalizan con la noción de inseguridad, la recesión económica promovida en gran parte por sectores de la actividad económica que han jugado a ser dioses y ven como el paraíso del pelotazo se les viene abajo, la igualación de la identidad nacional con el gris patrioterismo de siempre... Bagatelas de inminencia que no hacen sino poner en tela de juicio el sistema mismo, en clave estructural. Se descoloca la democracia como paradigma de principios y recuperamos del zaguán del diablo la metafísica defectuosa de las tiránicas ideologías que fracturaron el siglo XX. No se trata de merecimientos sino de compromisos. Francia acertó en merecerse un Nicolás Sarkozy cuando el pueblo francés decidió votarle finalmente en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Ahora veremos lo que decide el pueblo americano. Si se trata de culpar a alguien, todos compartimos partes alícuotas de responsabilidad. Representantes y representados hemos perdido el rumbo al haber hurtado y habernos dejado hurtar el timón de las ideas.
La soberanía popular se ha convertido en una carga problemática para nuestras sociedades pequeño-burguesas, ha dejado de ser la concreción de la voz democracia, me temo que arrastrados por la lógica de la elección racional de Olson. ¿Acaso todo debe ser derechos y ninguna la responsabilidad como ciudadanos? Tampoco nuestros electos han sabido remediar semejante involución y nos han desprovisto de la ingeniería intelectual de la Ilustración.
En España, realidad agudizada de los problemas de Europa, los partidos políticos, como sistema influido estrictamente por el período de transición política a la democracia, se instauraron fuertemente, más ligados al estado que a la sociedad. El partido político ha de desarrollar un justo y equitativo equilibrio entre estos elementos del que se supone que es intermediario, todo ello aplicable igualmente al sistema corporatista de grupos de interés.
Muchos jóvenes desconocen además el pasado de su pueblo que es el de ellos mismos, para acumular oportunidades y penetrar en el futuro conquistando las fronteras del progreso, en vez de andar sobre nuestros pasos, retrocediendo. Pero es necesario que las fuerzas neoconservadoras, incluso las neofascistas, que vagan por Europa, América y Asia, no permeen en nuestras democracias. Para ello, tendríamos de revisar el propio sistema de representación, el fortalecimiento de la sociedad civil, el modelo de educación y cultura. Todo no es mercado, y el mismo Adam Smith, sí señores, lo establecía así en su obra The Theory of moral sentiments, en 1759. En su “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las Naciones”, más conocida como La Riqueza de las Naciones, incluso atribuía al Estado un papel importante en la promoción de actividades culturales que pudieran impedir que la población se “deformara” espiritual  e intelectualmente. Cabe reconocer que el padre del liberalismo económico clásico, del que yo no voy a ser su postulador aquí, no creía en el modelo que ahora impera, un modelo sin valores ni sentido. Varias hipótesis a cerca de la validación de parte de sus teorías han sido descartadas por su lado más frágil: la equidad y el reparto de la riqueza. Pero a la vez, la praxis no ha sido demasiado rigurosa con los clásicos. Ni con Smith ni con su negativo, Karl Marx. Ambos fallaron en cierta parte de su pensamiento teórico, pero ninguno de los dos ha sido evaluado con la exactitud de sus argumentos.
Nuevas teorías proporcionan salidas hacia una superación del modelo democrático, en su apertura y su dinámica, como ente racional abierto. Barber o Habermas, con la democracia participativa o la deliberativa, diseñan proposiciones para que el status quo no inmovilice las estructuras del sistema, para dar posibles soluciones a las cleavages tradicionales y a las que se están instalando en la nueva era de la globalización, en las sociedades pos materialistas, en palabras de Inglehart. Modelos de pensamiento con larga tradición como el republicanismo civicista o ciudadanista pueden ser la clave en lo que respecta a su propuesta fundamental: evitar la “no dominación” como estadio máximo de libertad, alejada de la clásica y limitada concepción liberal de no injerencia. Las reformas han de consistir en devolver a la sociedad lo que es suyo y la soberanía es algo muy nuestro, nuestro cuerpo y alma naturalis como colectivo, para así retornar a un juego de suma positiva con la que partir desde la esperanza, a la consecución de retos personales y colectivos, sin peligro de alienación o subordinación.
Las contradicciones en la dialéctica hegeliana, influenciadora del materialismo histórico marxista, vuelve con distinto ropaje pero con idéntica persuasión de dominación. La ausencia de una tercera ola retrodemocrática, según Samuel Huntington, podría actualizarse y provocar un déficit en el proceso mundial de acercamiento de pueblos entorno a una democracia plural, asimétrica. Algunos politólogos no dan por hecho que el fascismo esté muerto. Lo dan como dormido puesto que su despertar, como absceso intrapolítico, depende de que nuestros contrapesos entre libertad y equidad, entre seguridad y justicia, vuelvan a un equilibrio en el nuevo tiempo que nos espera, depende de que nuestro modelo de convivencia no se duerma también en los laureles.



 




Jun/01/2008 

Militancia militarista contra homosexuales

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Absurdamente retrógradas las provocaciones obispales, diarreicas hasta hartarse y profundamente contradictorias son algunas de las autoritarias opiniones que en esta santísima patria se vierten acerca de un tema que solo tiene que ver con la dignidad del ser humano. Demandan tolerancia en la labor de expresión de sus descontentos dictámenes y sus presuntos razonamientos seudointelectuales, pero no entienden por nula tradición lo que significa y supone el respeto a las relaciones humanas. Además de microcerebrales e insensatamente sesgadas de capacidad lógica, a mi modo de apreciar estos tortuosos sentires, éstos denotan en última instancia una grave incapacidad para sentir ternura y comprensión por lo ajeno, y concretamente, por lo diferente. Sus locuciones son interpretaciones que arraigan desde la más paupérrima condición de animales consuetudinarios, platónicamente cavernícolas y discapacitados a rabiar para entrever posturas novedosas con el fin de evolucionar en nuestro lícito anhelo de perseguir la felicidad. Repletos de una gravísima carencia ilustrada, de una enfermedad del alma que supone tan rotunda dosis de radicalismo conservador, hablan de homosexualidad como un horrendo virus que somete a la humanidad a la más triste noción del pecado y de la abominación. Porque todo se basa en esta menesterosa cultura monacal con la que esta estructura de pensamiento que no entiende (o no quiere entender) de razones, secuestra sus miradas. Otorgar derechos no debiera ser, en un Estado democrático de Derecho, constitutivo de tanta polémica a modo de algarada revolucionaria. Hemos de aprender a aprender de la Historia, a construir zonas aleccionadoras para el consenso y fuera de eso, a disentir desde la Razón y la sensibilidad. Supongo que pedir a la derecha de este país talante democrático es demasiado poco talentoso. Dejen de arrugarse la masa gris, háganle un favor a la Humanidad y aprendan a respetar a personas de idéntico fuste que ustedes. Ni más ni menos.

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